La anti-escalera
Los arquitectos siempre hemos considerado la escalera como un elemento tipológico dentro de nuestros proyectos y que a veces parece ser una idea tardía. Es decir la escalera es un objeto dentro del objeto, un proyecto aparte del proyecto.
Desde la Bramante del Vaticano pasando por la Helicoidal del Castillo de Chambord, atribuida a Leonardo da Vinci, hasta la escalera mecánica exterior del Centro Pompidou en Paris e innumerables escaleras geniales de buenos arquitectos, la escalera siempre es un pretexto para darnos a notar, es una especie de pavoneo formal.
La escalera muchas veces es el recurso que usamos cuando todo lo demás no es tan interesante. La escalera, esperamos siempre sea bien fotografiada.
Sin embargo, la escalera por sí sola rara vez es la totalidad del proyecto... a menos que haya sido eso exactamente lo que te comisionaron.
En mi práctica arquitectónica he tenido la oportunidad de resolver algunas escaleras y definitivamente algunas han querido robar protagonismo a la obra misma, como aquella escalera del Heli-Pod en donde se conectaron interiormente dos cajas de cristal sobrepuestas verticalmente mediante una espiral exterior de acero estructural con pintura automotiva color “plata metálica” (código de Porsche). Una especie de órgano topológico contrastante con la ortogonalidad del programa. Demasiada sofisticación.
Otra escalera es la escalera helicoidal en el edificio que ampliamos para unos amigos en donde en un gran cubo de luz se proyectó una escalera helicoidal con escalones de vidrio. Eso fue el proyecto, porque aunque ampliamos un nivel más al edificio e hicimos alguna que otra operación de intervención arquitectónica, la escalera es lo que prevalece y a la fecha da identidad a ese lugar.
Pero en la Casa en la Roca, desde la primera visita al sitio, entre dos partes prominentes del monolito de roca, observé que se generaba un paso en diagonal hacia abajo de la pendiente, flanqueado por esta topografía inamovible.
Desde ese momento vi que la escalera principal de la casa estaría ahí y que por ningún motivo se iba a tocar o a romper la roca. De modo que el espacio para que la escalera (como la pensamos normalmente) “quepa”, no iba a poder existir.
Por suerte, al cliente le pareció una buena idea. Y como en estos pequeños terraplenes que se hacen en los senderos, con la propia tierra, ramas y raíces, escalones naturales que se encuentran por todos lados en el bosque, así con la misma piedra del sitio decidimos simplemente rellenar los huecos entre las dos grandes rocas y dejar que la forma la dictara la roca misma: la tensión entre ambas crestas se hace variable al ancho de cada escalón.
Definitivamente no es una escalera cómodamente convencional, pero es lo suficientemente incómoda para no querer caerte y eso creo que vale algo.
Pocas veces tenemos la oportunidad de diseñar la anti-escalera, o en otras palabras la de no diseñar nada, porque el diseño y el lugar ya está ahí desde siempre, desde hace miles y millones de años.


