La Perspectiva
o el diseño de lo que somos
Fue alrededor de febrero del 2017 cuando me encontraba sentado en la inhóspita recepción de una importante empresa distribuidora y habilitadora de tecnología, esperando a que me recibiera mi futuro jefe para la última entrevista y confirmarme un puesto como Account Manager de Big Data y Analítica.
Nunca voy a olvidar ese momento, recuerdo estar sentado con mi portafolio semi-vacío, viendo (sufriendo) las paredes y los pisos, la iluminación fluorescente tipo hospital, el sillón de piel falsa en el que me encontraba sentado, la mesa con típicas revistas de sala de espera que más bien eran catálogos de equipos computacionales y otras cosas más de una industria completamente ajena a cualquier cosa que hubiera visto antes, no existía diseño prácticamente en nada a la vista, me refiero a buen diseño.
Fue un momento parecido a alguna escena de la película The Pursuit of Happyness (no es un typo), además recuerdo que ya tenía que traer saco y corbata, mismos que desentonaban abiertamente con los de los demás empleados que entraban y salían, definitivamente no tenía entrenado el estilo “Godin”. Lo único que me daba un poco de paz mental era que el edificio tenía una tipología de mediados del siglo pasado, bien logrado, con una estructura metálica semi-expuesta y que te recordaba a proyectos modernos de medio-siglo tipo del arquitecto Augusto H. Álvarez… o quizás eso quería pensar.
Hasta este punto (sentado en el espantoso sillón de vinipiel) llevaba mas o menos 35 años ininterrumpidamente pensando, soñando y haciendo arquitectura. Mi padre fue un arquitecto quien proyectó y construyó mucha obra y a quien también no le interesó documentar prácticamente nada, pero eso es otra historia, desde mi punto de vista fue un gran arquitecto. Yo desde niño iba a las obras y a su despacho en donde inmerso en revistas francesas de arquitectura, libros y jugando con los dibujantes y maquetistas pidiéndoles me hicieran espadas láser de Jedi… siempre pensé en ser arquitecto, menos una breve etapa antes de salir de la preparatoria cuando quise ser diseñador industrial para quizás diseñar objetos, coches, quién sabe qué más pero rápidamente regresé a la arquitectura porque es bien sabido que un buen arquitecto puede diseñar casi cualquier cosa… y como una tercera opción muy lejana de repente me sentía atraído por el mundo de la economía y las finanzas, pero apenas entraba ese pensamiento en mi cabeza y lo proyectaba hacia afuera con un revés tipo passing shot, porque me habían dicho que no era bueno para las matemáticas y me la creí, en el fondo me gustaba un poco ese mundo, de haber sabido que me hubiera servido creérmela para varios años después.
Así mi mundo siempre había girado alrededor de la arquitectura y del diseño, alrededor de la admiración por los objetos, lo estético, lo estilizado, la alta manufactura, lo artesanal y los nombres importantes detrás de los objetos icónicos de nuestro día a día que a veces son anónimos para la mayoría de la gente, pero que son los que recuerdas porque son esos que duran para siempre, los que se heredan.
Mi apasionamiento por la arquitectura seguro me hizo parecer mono-temático muchas veces, demasiado clavado como decimos. Sólo respiraba arquitectura, diseño, arte, literatura, música y cine, ese paquete que va casi siempre junto… y bueno tal vez un poco de ciclismo. Pero cero tecnología, analítica, administración y lo relacionado al lado izquierdo del cerebro.
Un buen día como si alguien hubiera cerrado la llave del agua, dejó de salir arquitectura. Todo de repente se detuvo… y aunque es una historia compleja que tiene que ver en parte con circunstancias externas, la realidad es que de alguna manera yo me puse en esa situación en donde ya no fluía el trabajo ni tampoco el amor por la arquitectura.
Paso seguido, en una plática urgente de estas tipo apoyo moral y psicológico con uno de mis mejores amigos que además es un gran arquitecto, me sugirió echarle una llamada a otro amigo en común, quien era socio de esta importante empresa de tecnología, y me dijo: “tú eres muy bueno para vender, cualquier cosa nos contagias ya sea de entrenamiento, objetos, las cosas que te apasionan, lo que estás leyendo, etc. y te gusta la tecnología!”… seguro eso último fue un overstatement como dicen los gringos porque hasta ese punto había leído la primera biografía de Elon Musk y claro la de Steve Jobs porque sí era y sigo siendo muy fan, pero de ahí a que supiera de tecnología era un gran abismo, aunque sí puedo decir con orgullo que tuve una Commodore 64 y fui muy “early adopter” del internet. En fin, la idea era sacudir un poco el estancamiento inexplicable en el que me encontraba, después de haber proyectado, construido y publicado algunos proyectos y tener relativamente un buen flujo de trabajo, estaba en uno de estos puntos en donde no te mueves ni para adelante ni para atrás, con esposa e hija, no me podía quedar esperando a que llegaran las oportunidades. Había que actuar rápido, reinventarse y… dejar de ser arquitecto.
Algunos meses después yo ya no me reconocía, era como si estuviera en una especie de trance, en una especie de túnel en donde sólo importaba aprender al máximo para poder vender, ganar dinero, tener las prestaciones.
Analítica, Machine Learning, Big Data, Inteligencia Artificial, bases de datos, procesadores, algoritmos, lenguajes de programación, estructuras y capas semánticas en nubes de datos, aplicaciones de onboarding, hackeo ético… si supieran lo que vi, estuve adentro de las instituciones y compañías más importantes del país, literal adentro de la cocina. Puedo decir que al año ya me gustaba el mundo de la tecnología y pocas veces me acordaba (con mucha nostalgia y perspectiva) de la vida de arquitecto, cuando veía algo en redes sociales, en mis muchos libros de reojo o por ejemplo en las ciudades (viajé al extranjero bajo esta posición y vi gran arquitectura), porque es como si hubiera apagado el switch de arquitecto, ya no me importaba la alfombra de las oficinas y menos me ponía a observar o criticar los detalles de despiece, uniones, materiales ni el mobiliario en las salas de juntas.
Mi lado izquierdo del cerebro estaba completamente encendido, casi que sentía como se conectaban las neuronas con la energía y el esfuerzo aplicado cuando tenía que leer, pensar estrategias, armar presentaciones y sobretodo aprender para pasar las certificaciones que orgullosamente posteaba en LinkedIn. Muy remotamente en mi “CPU” soñaba con que algún día con el dinero ganado en el mundo de la tecnología podría hacer la arquitectura que yo quisiera, ser mi propio cliente. No era un mal plan para nada, algo confortable tal vez… si tan sólo Pancho no hubiera insistido tanto.
Una de las cosas que me ayudó y que me dio mucha fuerza para sobrellevar esa crisis fue la bicicleta o mejor dicho el ciclismo… y digo bicicleta primero porque probablemente el amor nace desde el objeto, pero realmente el entrenamiento de alto rendimiento es una de las herramientas para trabajar la salud mental que desde mi punto de vista es muy efectiva. La bici es o puede ser un deporte muy social, rodar sólo es casi como una meditación pero cuando lo haces con amigos y te unes a grupos también es de lo más sano.
Es en uno de estos grupos donde años antes me había hecho miembro que conocí a Pancho, de hecho lo conocí en la cena de Navidad del equipo de 2018 porque el acababa de entrar al grupo y realmente no habíamos coincidido en ninguna rodada, pero ya me había ubicado y había visto mis proyectos de arquitectura en redes sociales. El mismo día de la cena que nos conocimos me dijo que él ya había decidido junto con su esposa que yo les iba a hacer su casa, yo incluso un poco desconcertado le dije que ya no me dedicaba a eso pero que con gusto le recomendaba a algún amigo… y desde ahí insistió que no, parecía no darle importancia a mi año y medio “sabático de la arquitectura”, mi trabajo presente le daba igual, el quería mi otro yo.
Pancho perseveró y no sólo eso, logró sacudirme el encantamiento que tenía yo de haberme desapegado por completo de la arquitectura y casi que ya ubicarme con un futuro en la tecnología, pero después de un tiempo me di cuenta que mi ciclo de “supervivencia” había terminado y que además nunca iba a ser completamente pleno en esa industria, ni siquiera era mi esencia en ese mundo, pero quizás lo podría integrar con la arquitectura después, pensé.
El resto es historia, hoy soy arquitecto pero no soy el mismo que antes de esta reinvención, me acuerdo que la palabra de moda en esa época era “pivoting”, supongo que eso hice más o menos, todavía tengo mucho que aprender y corregir pero estoy muy agradecido con la vida por haberme puesto en ese lugar y momento de tomar decisiones difíciles, por esa conversación con mi gran amigo, por mi otro gran amigo que me dio la oportunidad de reinventarme y por el gran Pancho que aunque ya disfruta su casa todos los días siento que le debo otro tanto todavía.
Sin el apoyo de mi familia tampoco lo hubiera hecho y sobretodo sin creer en mí, en que no somos lo que siempre hemos pensado que somos, sino muchas posibilidades, nuestra mente se puede expandir hacia diferentes lados y dimensiones.
H.



